sábado, 18 de diciembre de 2010

Time

"¡El tiempo es oro!", solía decirme constantemente, cada día. Y era por eso que llevaba siempre encima aquel reloj dorado de bolsillo, comprado en una tienda de antigüedades de Portobello Road. Para que no se le perdiera ni un solo minuto. Pero esa mañana del 4 de julio fue diferente. Él estaba diferente. Se había levantado tres minutos y cuarenta y seis segundos más tarde de lo habitual, y le había tomado 7 segundos más acabarse el primer café de la mañana. Yo aparecí en la puerta de la cocina, como cada amanecer; con el camisón a medio abrochar y mi media sonrisa dispuesta a darle los buenos días. Pero ese día se giró, me miró a los ojos con una honestidad tan brutal como un puñal clavado en el corazón y me arrojó el reloj a la cara. Cogió su chaqueta y se marchó.

Han pasado ya seis años desde aquella mañana. No le he vuelto a ver. Quizás su tiempo se acabó, y ese "oro" que con tanto esmero cuidaba día a día acabó convertido en un montón de chatarra y cristales rotos en el suelo de nuestra vieja cocina.

Pero yo sigo sin comprender por qué, por qué me lo tiró a la cara.

1 comentario:

  1. Uissss me ha sabido a super poco. Me encantó. Habrá segunda parte? Besitos.

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